Ne me quitte pas, o la inocencia de las mujeres

Edith Piaf, en 1959, por primera vez escuchó a Jacques Brel interpretar “Ne me quitte pas”, y dijo: “Un hombre no debería de cantar cosas así”.
No estoy de acuerdo, pero por solo dos palabras: Un hombre no debería de tener que cantar cosas así.
“Ne me quitte pas” es la canción del fracaso de amor más desgarradamente hermosa que se ha escrito. Escuchar la canción es sentir el crujido del alma, la fractura fibra a fibra de cada uno de los sentimientos y del alma de un hombre. La nostalgia por lo que no pudo ser, la desolación, el corazón herido, el abandono. Y, a la vez, es también sentirse causa de la destrucción más brutal y muy amada.
